El eterno retorno de lo mismo y la voluntad de poder

Escritor: Martin Heidegger 
País: Alemania 
Año: 1939 
Género: Ensayo 

Frase inicial: 
"En principio no existe la menor razón para considerar la filosofía de Nietzsche como el acabamiento de la metafísica occidental; en efecto, gracias a la abolición del «mundo suprasensible» como «mundo verdadero» es más bien el rechazo de toda metafísica y el paso hacia su negación definitiva."

Este ensayo corresponde al capítulo cuatro del estudio de Heidegger sobre la obra de Nietzsche que comprende dos tomos de la GESAMTAUSGABE (6.1 de 1936-1939 y 6.2 de 1939-1946). Con este ensayo se abre el segundo tomo, lo que implica que Heidegger ya ha terminado también Aportes a la filosofía (acerca del evento) y por ello podemos ver que los últimos párrafos de éste ensayo hacen referencia a lo dicho en Aportes (primer y otro inicio, dioses, los venideros, el tránsito).

Primero, habremos de leer sin la comprensión directa y común de ciertas palabras, es decir, habremos de abandonar la primera interpretación y releer desde otro lugar. ¿Cuál lugar? La radicalización del pensamiento, el origen, el extrañamiento ante lo dado en la familiaridad.

Para Heidegger "acabamiento" no es fin en el sentido de un antes diluido, sino más bien se trata de la cresta o punto que culmina con la máxima expresión de lo que ha venido siendo. Por ello, Heidegger dice que de entrada no podemos considerar que la filosofía de Nietzsche expresada en el eterno retorno y la voluntad de poder sea la máxima expresión de la metafísica, entendiendo a la metafísica como el pensar que despeja o aclara al ente del ser y que comienza (con Platón) considerando al mundo suprasensible como mundo verdadero —consideración que invierte Nietzsche—.

Si Nietzsche va contra la creencia de que el mundo suprasensible —que empezó con el mundo de las ideas— es el mundo verdadero y establece que verdadero es el mundo sensible, pensaríamos que está rompiendo con la tradición, pero Heidegger ve en tal inversión la afirmación más radical del ente, es decir, Nietzsche lleva a cabo el proyecto de la metafísica: despejar el ente del ser, lo que quiere decir que sigue interpretando la entidad del ente desde la presencia (quiere contestar al ¿qué es lo que es? apartándose del ser). Nietzsche no supera sino que reafirma la metafísica. Seguimos con Nietzsche en el campo de lo incuestionado: el ente no es sometido a cuestión, el ente es sin más y sólo es cuestión de decidir a qué tipo de ente le asignamos calidad de verdadero.

Nos hemos preguntando desde siempre, ¿qué hace que sea lo que es como es? Hemos llamado a ese algo esencia y sólo hemos podido considerar a la esencia necesariamente como la consistencia del presenciar, es decir, como algo que podemos encontrar una y otra vez para ratificar la existencia de una cosa y por tanto hemos estado en el terreno de la verdad como correspondencia —la verdad de la ciencia, la ratificación de lo dado, nombrado y reencontrado—. Nietzsche no pudo abandonar esa manera tan moderna de pensar, de hecho no hemos podido abandonarla, pero ya estar en la culminación de tal modo de pensar, nos dice Heidegger, es ya un tránsito hacia otro esenciarse del ser, hacia otro inicio, hacia otra forma de dar sentido a lo que es como un juego temporeo (historia) que ya apuntaba Heidegger desde Ser y tiempo como un venir-siendo-sido nunca ya decidido.

Para que Nietzsche pudiera hablar del eterno retorno de lo mismo necesitaba de la metafísica, igualmente así para hablar de la voluntad de poder. Ambos conceptos invocan el acrecentamiento, uno se apoya en el otro: la voluntad del poder como eterno retorno de lo mismo es un acrecentamiento del poder de manera incondicionada en tanto que orden de apoderamiento que pone al ente (lo sensible) como lo objetivamente eficaz dejando que el ser caiga en el olvido.

La voluntad de poder, vista como la entidad del ente (lo que hace a todo ente, ente) libera al poder en su esencia, entonces el poder es poder por poder y por tanto incondicionado.

En la historia del ser, éste se ha esenciado como presencia y consistencia. El sentido del ser sólo ha podido ser comprendido como ente y sólo ente. Para que el ente sea consistente este deberá pensarse como algo que retorna como él mismo una y otra vez, el devenir del ente es ser el mismo lo mismo, es volver a sí mismo adelantándose hacia sí mismo como lo mismo. La presencia es un devenir de lo idéntico que nada tiene que ver con la singularidad del instante. La singularidad es histórica. Lo idéntico es la fijación de lo sido como consistentemente comprobable, por lo que para Nietzsche la verdad es una "esencia" que no se esencia cada vez sino que queda hueca, en tanto concepto, del ser, perdiéndose así la íntima necesidad del curso histórico del pensar occidental: el sentido del ser.

El pensamiento de Nietzsche confirma el olvido del ente por el ser, el rehuso del ser, su ocultación. Su pensamiento es una reinterpretación de la entidad de ente que vuelve a lo mismo en lugar de interrogar este volver así mismo de lo consistente para dejar de admitirlo como norma.

Lo verdadero ha sido pensado como lo ya decidido en cuanto a su que-es y de él se enuncian categorías que olvidan el "qué" para quedarse en el "que". La pregunta implicada en el to ti estin (lo qué es) dejó de pensarse como qué-fue-para-que-la-cosa-sea, dejó de mantenerse el preguntar del preguntar mismo (en el whatness) para resolverse en el to estin (que es) del aspecto presente y empezó a diferenciarse la forma de la materia como dos cosas separadas que se refieren a lo mismo: el ente. Se divide la entidad del ente y luego se decide que parte es lo verdadero. De este modo, invertir lo verdadero —o trasladarlo— de lo suprasensible (la forma) a lo sensible (la materia) sigue siendo poner lo verdadero en lo que consistentemente aparece, en el que-es y olvidarse del cuestionamiento inicial del qué-es. Heidegger ve que al hacer la inversión Nietzsche "aparente vs. verdadero" lo que hace es integrar el qué-es con el que-es quedando nuevamente impensada la diferencia ontológica que en un primer inicio (en el pensar de los antiguos griegos) había asomado. Por ello es la culminación de la metafísica, es decir, desaparece toda diferencia.

Para responder al qué-es, Nietzsche piensa en la vitalidad de la vida y dice voluntad de poder y al hacerlo habla del cómo el poder ejerce el poder (claramente que como poder —eterno retorno de lo mismo—). El driver del ente es la voluntad o querer máximo y director que se da como poder que se llama a sí mismo.

Para hablar del ente que tiene el carácter del qué (de la voluntad del poder), Nietzsche dice eterno retorno de lo mismo. Entonces, lo ente en su totalidad cuya entidad es la voluntad de poder sólo puede presentarse como eterno eterno de lo mismo. Algo que es, para Nietzsche, siempre "quiere" seguir siendo lo mismo y al ejercer tal poder lo hace como siendo más de lo mismo

Heidegger ve que voluntad de poder y eterno retorno de lo mismo no sólo se copertenecen sino que dicen lo mismo, dan el poder a la inesencia que surgió con la idea, unen devenir y ser.

¿Qué sucede desde este pensar? La realidad es contraria a lo nulo, la realidad es pero exige para sí el carácter del devenir; este devenir no puede ser un mero proseguir sin fin (visto desde la idea absoluta) sino que tiene que ser un devenir consistente (vuelto a lo sensible). Lo que era propio de lo suprasensible, Nietzsche lo trae a lo sensible, lo sensible con el carácter de devenir tiene que seguir siendo lo sensible, lo consistente tiene que mantenerse como consistente pero como deviene es un eterno retorno de lo mismo. Lo mismo denota entonces la inesencia del ser, la verdad queda infundada porque la verdad no es la verdad del ser (su desocultamiento cada vez singular,  alétheia) sino la verdad ya decidida como esto o como aquello de-terminado y viable mediante cálculo. Llevando al extremo, la verdad es maquinación, es la aseguración incondicionada del antropomorfismo (sólo existe el plano del hombre), es poner la mano en el ente y hacer de él lo necesario para la continuación consistente y acrecentada de lo que convenga al momento (al poder) llamar humano.

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