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¿Y para qué poetas?

Escritor: Martin Heidegger 
Año: 1946 
País: Alemania 
Género: Ensayo 

Frase inicial: 
"«…¿y para qué poetas en tiempos de penuria?», pregunta la elegía de Hölderlin «Pan y Vino»." 

Para Heidegger, en sus tiempos —que también son nuestros, los tiempos del acabamiento de la metafísica— atardece. «La noche del mundo extiende sus tinieblas», estos son los tiempos de penuria, hay «falta de dios». Nada es sagrado, todo se busca desnudar ante y mediante el entendimiento o hacerlo a un lado, señalarlo como despreciable. Nada reúne a los hombres y nadie se echa en falta. El cambio sólo puede darse si se cambia desde la raíz: desde el fondo del abismo, ¿quién se anima a alcanzar dicho abismo? Los poetas que sienten el rastro de los dioses huidos (la falta de fundamento).

¿Cómo podría advenir un cambio si los hombres no le han preparado una "morada"? ¿Por qué habría de prepararse el hombre que ni siquiera experimenta su carencia? Y, en esta época, si hubiese hombre que experimentase carencia sólo sería manifiesta como una necesidad que debe ser cubierta prolongando así la llegada del ocaso, aumentando su penuria.

Permitir la llegada del ocaso es permitir encontrase en la propia esencia, esencia que los hombres eluden al verse tentados y apelados por la presencia que les otorga en mundo de las cosas. Vueltos hacia lo manipulable, los hombres se mantienen apartados del abismo, de lo sagrado, de su esencia. Dejar que llegue la noche es prepararse para lo sagrado. No salvarse, no mantenerse como lo completamente explicado, la falsa luz a la que se adhiere la mariposa y que aferrándose a ella se deja calcinar y muere.

Heidegger propone la vía de la historia del ser: experimentar lo inexpresado en lo dicho poéticamente, o podríamos decir, esotéricamente, como cuando el dharma es pasado del maestro al alumno al girar un flor y hacer un giño. Experimentar lo que se oculta en lo dicho, en lo manifiesto, situarse en el ahí o entretanto. Yo diría, participar íntimamente en lo que junto conmigo está siendo ahora mismo.

Para Heidegger el poeta es Hölderlin y se pregunta si lo es también R. M. Rilke que vive con Nietzsche la muerte de Dios y mira a los hombres inconscientes de su propia mortalidad. Cambio, retorno a lo consumado, la existencia es impermanencia y de ello el hombre no aprende sino que rehuye a lo esencial. ¿Por qué junto con la muerte se menciona el amor? Quizá éste sea impermanencia y por ello máxima libertad, máxima entrega, desprotección.

No recuerdo en qué texto Heidegger dice que ser no es logos, sin embargo aquí, a través del poema de Rilke, piensa la naturaleza como el ser y en ese sentido éste reagrupa a la vez que abandona a todo ente a sí mismo. Logos agrupa y separa, es discurso; es el mismo "movimiento". Pero aquí dice: el ser de lo ente es voluntad, en ente es al modo de la voluntad ¿qué diferencia hay entre esta voluntad y la voluntad de poder? La diferencia ontológica: el ser como voluntad y riesgo a diferencia del deseo psicológico del hombre o más en profundidad, la afirmación de la subjetividad; parece ser que el deseo, que pone al hombre como productor en un mundo que ahora —desde la metafísica moderna— ve sólo como almacén de existencias, parte de la esencia de la voluntad.

Naturaleza en Rilke, dice Heidegger, resuena con physis y con vida y en ese sentido debe entenderse como el ser de lo ente en su totalidad, como fundamento, pero en la medida que abandona, todo ente es arriesgado o dejado sin protección. El fundamento no es seguridad para el ente, más bien le asegura el riesgo, el estar puesto en juego, el ser dejado en lo abierto (sin límites, sin representaciones, sin relaciones, sin objetivación…), entonces, el hombre, que es un ente particular que objetiva, no puede estar en el mundo sino ante el mundo, disponiendo de éste en relación hacia sí mismo: «Cuanto mayor es la conciencia, tanto más excluido del mundo se ve el ser consciente». Ahora vemos como el hombre se distancia de su ser, como parte de y reunido en todo lo ente, cómo aleja de sí lo sagrado y avanza al atardecer, perdido, queriéndose encontrar entre sus representaciones. Para Rilke, las cosas producidas por el hombre moderno dejan de acumular lo humano y por tanto son vacías e indiferentes —ahora el hombre acumula esos objetos vacíos intentando llenar su propio vacío de sí—.

El hombre, según lo ve Heidegger a partir de Rilke, se arriesga en un querer que es querido en la voluntad de voluntad —autoafirmación—; el riesgo es entonces autopropuesto —y, por tanto, calculado—, poniendo a la subjetividad en juego. Todo es objetivado (representable, producible), lo sagrado (lo abierto para Rilke, el ser para Heidegger) se sustrae y el mundo se torna sin salvación. ¿Y para qué poetas? ¿Quién puede señalar si no lo sagrado, quién puede alcanzar el abismo, quién pone en juego su fundamento?

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La invest…